Su piel blanca asomando por el encaje de sus medias o su generoso escote resulta excitante. Es una noche sin luna, pero cada vez que los faros de otro coche iluminan el nuestro, su piel resplandece como un foco sobre una primera bailarina en el escenario de un teatro a oscuras. Una cama de motel sería más cómoda, pero este rincón improvisado es perfecto para satisfacer un deseo repentino y salvaje, como un fuego encendido por una chispa, como una mano que de repente sube por un muslo, logrando cambiar el destino de dos personas.