Cuanto más intentaba levantarla en el estacionamiento y arriesgarme a que me miraran, más se resistía. A lo lejos, vi a Mario, el fotógrafo y esposo, con sus bragas llenas y excitadas. Una vez en el auto, durante la inspección, encontré a la pecadora esposa en un charco de fluidos; posteriormente, le quité las bragas empapadas y se las entregué a su esposo mientras ella rezaba y pedía perdón.