Atada. Tus hermosos ojos conservan esa densidad inviolable de quien sabe exactamente lo que elige. No te doblegas fácilmente, y precisamente por eso, cuando te abres y te entregas a mí, el gesto adquiere el valor de la rendición absoluta. Siento que empiezas a atarme, lo veo en tu mirada orgullosa, que se derrite lentamente bajo la mía. Una cálida e invisible cadena que se aprieta a tu alrededor, y que recibes con la respiración más profunda. Tu cuerpo lo sabe antes que tu mente. Ya perteneces a mis manos, a mi voz, a mi voluntad.