No es verdadero Maestro quien no entrega a la piel que vibra en los encajes de seda, al fuego que nace del control lento, al alma que se abre, vulnerable y ardiente, esa paciencia profunda, exigente y sabia que el cuerpo aprisionado por la gracia demanda entre suspiros sofocados y escalofríos, en el oscuro refugio de la dulce sumisión.