Wanda y Mario nos enseñaron a Fabiola y a mí que todos a nuestro alrededor tienen los mismos deseos sexuales que nosotros, y que si cada uno tuviera el valor de declararlos abiertamente, viviríamos en constante placer. Así que comencé a mirar a la gente a mi alrededor con otros ojos, y descubrí en sus miradas un deseo hacia mí que nunca antes había notado.