El telón cae. Al cruzar el umbral, ella parece transformada: su elegancia inicial ha sido reemplazada por un sublime desorden, signo tangible de la posesión que acaba de experimentar. Él la acompaña con un cuidado casi reverencial, agradecido por cada rastro de mí que lleva consigo. Es el orgullo del sumiso que recupera su trofeo más preciado: una esposa exhausta, "arruinada" de la manera más noble posible. Salen de la habitación en un silencio que habla más fuerte que las palabras, llevando consigo el aroma de un secreto que arderá durante días.