La cama marca el perímetro sagrado de nuestro acuerdo. Aquí, ella deja de ser esposa y se convierte en una presa que me adora, ofreciéndose a mi deseo con absoluta dedicación. Su lencería expuesta es una invitación irreprochable. Y él espera detrás, con la infinita paciencia de un guardián que sabe que el mayor regalo que puede ofrecerle ahora es hacerse a un lado, observar y aprender a complacer a una Diosa.