La silla de esta habitación no es solo un mueble, sino un trono desde el que observo el mundo que acabo de conquistar. Está en mi regazo, un cuerpo vibrante que busca mi calor, sus piernas rodeando mis caderas como si dijera que no hay otro lugar donde preferiría estar. Me mira con esos ojos brillantes de quien ha encontrado a su amo, mientras la abrazo fuerte, reclamando cada aliento. Y al fondo de la habitación, casi desenfocado pero presente con cada fibra de su ser, allí está él. Una sombra fiel observando el triunfo de nuestra química, orgulloso de haber entregado a su mujer al único hombre capaz de saciarla de verdad.