En esta habitación, no se necesitan palabras, solo posturas. Mientras mis manos rodean su cabeza, guiando sus sentidos y reclamando mi posesión de cada aliento, el orden de las cosas se vuelve clarísimo. Ella es el altar donde se consuma el deseo, yo soy el sacerdote que oficia el rito, y él... él está ahí detrás, de rodillas, a la sombra de su propia devoción. Su sumisión es el pedestal sobre el que descansa nuestro placer; observa a su mujer deslizarse hacia mi dominio, sabiendo que esta es la única manera de verla verdaderamente feliz, verdaderamente suya, a través de mí.