En mi regazo, parece haber olvidado incluso su nombre, perdida en el juego de poder que hemos establecido. Delante, la silueta inmóvil de su esposo delinea una devoción absoluta: conduce con precisión, honrando su deber de llevar a su Diosa a los brazos del Toro. La jerarquía es perfecta y cristalina. Mientras mis manos exploran los confines de su vestido, siento su tensión vibrar en el aire; es el placer de saber que has confiado tu tesoro a manos expertas. En este coche, el espacio se encoge hasta convertirse en el escenario de una transgresión que no necesita paredes, solo un hombre al volante y dos amantes consumiéndose.