De Via Pascoli a Marina Centro y vuelta sin parar. En el mirador, me veo obligado a parar para dejar pasar a la multitud que va a comer piadina. Rezo para que no nos reconozcan y se apresuren a cruzar. Mis oraciones son interrumpidas por los gemidos de mi mujer, quien, despreocupada, sigue conduciendo a pesar de la hora y la multitud. Él repite, jadeando: "¡Qué coño, qué coño, es una pesadilla!", el coche se balancea... por suerte, vuelvo a arrancar...